Mirar al Cauca / Opinión El defensor del pueblo, Carlos Negret, habla sobre la violencia que sufre el Cauca en la actualidad.

Por: Carlos Negret  (Tomado del diario El Tiempo de Bogotá).

Los actores armados, alimentados por la minería ilegal y el narcotráfico, pretenden convertir al departamento del Cauca en un territorio condenado de manera indefinida a la violencia. Ante semejante desafío la respuesta debe ser una estrategia unificada entre los gobiernos (nacional, departamental, municipal y Etis) y la sociedad civil, para rechazar y combatir tan protervo interés que se ha venido materializando. Aquellos deben saber que ese pedazo de Colombia, que tanto ha aportado a la construcción de la nacionalidad y que no obstante la primera impresión sea la de apacible, es tierra estéril para cosechar miedo y desesperación.

No han sido días fáciles. La firma del acuerdo final fue una luz de esperanza para un territorio que, durante el conflicto armado con las extintas Farc-EP y otros grupos de similar laya, fue epicentro de innumerables episodios terroristas que hirieron de gravedad la moral de las comunidades afectadas y destruyeron la infraestructura de muchas de las cabeceras municipales, con centenares de víctimas a la orilla de los caminos veredales. Pero, desgraciadamente, dicho aliento no se ha podido cristalizar, porque aún faltan la verdad, la justicia y la reparación de lo que ocurrió. A estas lamentables ausencias se suma la crueldad y la barbarie que nuevos y reciclados actores armados quieren imponer para lucrarse con las rentas ilegales del narcotráfico y la explotación criminal de minerales.

Nuestra mayor riqueza es la diversidad de razas a las que canta el himno del Cauca, y también son los ríos y esas imponentes cordilleras que se levantan a la altura de la dignidad del pueblo caucano. Sin embargo, los tiranos de la violencia las están arando para sembrar en ellas el terror de los negocios ilegales. No anticiparon estas bandas de carteles la presencia erguida de activos sociales de los pueblos indígenas, su guardia cívica, ni con organizadas comunidades afrodescendientes y campesinas que se resisten al delito, y por ello han sido reciente objeto del atentado contra sus vidas. Este concierto criminal desatado contra las gentes del Cauca demanda unánime postura de respeto por lo que significa la necesaria y apreciada presencia en todo el territorio departamental de nuestras fuerzas armadas, para las cuales no puede haber territorio vedado y mucho menos nuevos actos de irrespeto a nuestros hombres en uniforme. 

Una emergencia en el orden público como la que vive el Cauca nos obliga como Estado, pero sobre todo como sociedad y como paisanos, a volcar nuestra mirada y energía para no permitir que nos arrebaten las opciones de futuro. Para ello hay que actuar en conjunto, porque no es un asunto de un exclusivo responsable, que es lo fácil: atribuírsela a alguien, que si está más arriba, tanto mejor. 

Con una acción coordinada será posible conservar incólume el derecho que tenemos todos de vivir en una nación pluriétnica y multicultural, para impedir que destruyan nuestros territorios y los utilicen para satisfacer sus ansias de acaparar dinero y bienes materiales, que nunca estarán a la altura ni serán más valiosos que nuestra dignidad. 

La violencia fratricida que han querido resembrar se debe encarar con los bastones de mando tallados en erguida chonta en una mano y la constitución y los derechos humanos en la otra. Esto es, con dignidad y oportunidades, pero asimismo con garantías de seguridad que deben ser provistas por el Estado y los órganos instituidos para ello, los que debemos rodear con afecto y con respeto, porque es mucha la gratitud que les debemos por sus dos siglos de sacrificios. 

Por esta síntesis, que puede ser también válida para otras regiones, es inaplazable mirar al Cauca.

CARLOS NEGRET
Defensor del Pueblo

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